A veces siento que la humanidad ha vivido los últimos dos siglos como quien organiza una fiesta enorme sin pensar en la limpieza del día siguiente. Todo es entusiasmo, velocidad, brillo… hasta que se encienden las luces y descubrimos el desastre. Y ahí estamos ahora, mirando montañas de residuos y recursos menguantes, preguntándonos con inocencia infantil: ¿cómo llegamos a esto?
Por eso la idea de la economía circular no solo es necesaria; tiene algo de regreso a un sentido común que perdimos en algún punto del camino. Es, en esencia, crear y consumir sin destruir. Reutilizar sin vergüenza. Diseñar para que todo pueda volver, como esos pueblos donde incluso el pan duro encuentra destino. Me hace gracia pensar que esto se vende hoy como innovación, cuando para nuestros bisabuelos era, simplemente, vivir.
Pero la paradoja es amarga: nunca tuvimos tanta tecnología para evitar el colapso… y nunca estuvimos tan cerca de él. Esa es la tensión que define nuestro tiempo. Por eso muchos proyectos y empresas están intentando romper la lógica lineal. He visto, por ejemplo, cómo plataformas como isotempo.com ayudan a que las compañías entiendan que a través de la formación y sistemas más inteligentes: que no se trata solo de reciclar, sino de rediseñar. De cambiar lo profundo, no solo lo visible. Y aunque esos esfuerzos todavía son pequeños en el gran mapa mundial, indican un movimiento real, casi un primer giro del engranaje.
Claro, girar no es fácil. Nuestro sistema económico es como un enorme transatlántico: puede cambiar de rumbo, sí, pero no sin crujir. Cambiar procesos productivos, repensar materiales, transformar hábitos… todo eso suena heroico en un informe, pero en la práctica es más parecido a aprender de nuevo a caminar. Tropiezas, corriges, avanzas. Y así.
Aun así, ¿qué otra opción queda? El planeta no negocia. Sus límites no entienden de discursos ni de posponer decisiones. La economía circular aparece entonces no como un ideal bonito, sino como la última puerta que queda abierta antes de quedarnos sin pasillo.
Al final, cerrar el círculo es algo más profundo que una estrategia económica. Es una pequeña reconciliación con la realidad: entender que nada desaparece por completo, que todo deja rastro, que lo que hacemos vuelve, una y otra vez, como un eco insistente. Y quizá, si nos damos prisa, pero sin esa prisa estúpida que nos trajo hasta aquí, todavía podamos hacer que vuelva transformado, no convertido en ruina.




